La lectura de los cuentos finalistas me significó, más allá de lo complejo de la tarea de evaluar y elegir, una muy interesante dosis de placer, ese que un lector disfruta cuando se topa con buena literatura. Muy rápidamente me encontré con no menos de una decena de cuentos que bien podían merecer una mención o un premio. Claro, de ahí en adelante la labor del jurado empieza a parecerse a la de un observador de detalles minúsculos: el lenguaje, el ritmo, la estructura, el juego de la sintaxis, combinadas con el puro gusto lector de ese observador en el que uno se ha convertido.

Eduardo Sacheri